LA MUSA
La suya era una suerte de “celebridad discreta”. Su presencia era ineludible en el agitado panorama nocturno del Madrid de 1933, pero nadie conocía su verdadero nombre, edad o procedencia. En un destello alcohólico de alguna fiesta, por alguna absurda razón, alguien la bautizó con el nombre de Claudia, y como Claudia fue conocida a partir de entonces. A ella le pareció un nombre tan bueno como cualquier otro, así que no lo rechazó. Otra persona, quizá Jardiel Poncela -quien la hizo aparecer fugazmente en una de sus novelas, aunque ocultando su nombre-, dijo de ella que era “una belleza en blanco y negro”. La poesía barata de mil admiradores calificaba, irremediablemente, el color de su pelo como “azabache” y su extremadamente pálida piel como “alabastro”. Sus enormes ojos negros, claro está, eran “profundos pozos”, aunque nadie se atrevió a describir su cuerpo como “el de una estatua griega”, porque Claudia nunca estaba quieta. Cuando no estaba bailando, estaba correteando de un...